Si vas al foro de Roma (Foro Romanum), verás ocho columnas en pie del templo, justo debajo del Tabularium, la oficina de archivos de la antigua Roma en la colina capitolina. El Templo de Saturno es uno de los más antiguos de Roma (siglo V a. C.) y guardaba y protegía el Aerarium, el Tesoro de Roma, así como las leyes y decretos más importantes de la República aprobados por el Senado. Durante cinco siglos, y hasta el final de la República con Julio César y Augusto, el Aerarium estuvo bajo el control del Senado.

Templo de Saturno en el Foro Romano.
Es muy habitual que en los estudios históricos se olvide un elemento clave: las finanzas de reyes, emperadores y estados. Pocas veces se explican la toma de decisiones en relación con la necesidad de recursos financieros. Además, hasta la Revolución Industrial, a lo largo de milenios, la única forma de obtener riquezas provenía del saqueo de los vecinos. El comercio fue la segunda opción, y la que ha evitado multitud de guerras y conflictos.
Estas ocho columnas actuales en la subida a la colina capitolina son los restos del Templo de Saturno, edificio que se estima fue construido entre los años 501 y 498 a. C. Además de banco central o tesoro, y de archivo nacional, el “Aerarium” (erario) guardaba también las insignias de las legiones romanas —las águilas, símbolo máximo de Roma—. De este modo se unían el poder militar y el económico: una demostración de que sin el dinero del Tesoro no había ejército. Debajo de las escaleras del templo, bajo el alto podio que protegía el edificio, en el zócalo, todavía pueden verse hoy las aperturas de las salas protegidas, el “búnker” donde se depositaban el oro y la plata, igual que en la actualidad con las cámaras de oro de los bancos centrales como la FED, el Banco de Inglaterra o el Banco de España.
Al principio, el dinero depositado en el Tesoro consistía únicamente en lingotes de cobre, cada uno de los cuales llevaba grabada alguna figura —como la de un buey, una oveja o una gallina—, pues en los primeros tiempos todas las deudas se saldaban y los intercambios se realizaban con estos animales. Roma apenas disponía de oro y plata. Posteriormente, se acuñaron monedas de cobre en bruto que llevaban en una cara la cabeza de Jano, una de las deidades más importantes de la mitología romana, y en la otra una nave, símbolo del poder naval y de la dominación del Mediterráneo. La conquista de Hispania fue clave para la obtención de oro y plata. Los pagos del Templo de Saturno se realizaban por peso y, por tanto, se mantenían allí balanzas para este fin.
El oro y la plata de Roma
Los metales preciosos en la Republica romana empezaron a fluir por los botines de guerra, los impuestos en metálico de tributos provinciales y, especialmente por las minas, en su mayoría de Hispania.
La probablemente mayor mina de oro del imperio romano fue la de las Medulas, clave en el siglo I-II d.C. También había mas minas en el Bierzo y en el noroeste de la península. En Asturica-Augusta había el centro administrativo y tuvo la instalación permanente de una o incluso de dos legiones, para controlar la zona. Durante dos siglos los romanos tuvieron sangrientos enfrentamientos, en especial con los asturicos y cantabros, hasta dominar prácticamente toda la península con Augusto. Los legionarios, cuando no combatían, trabajan en las obras de infraestructura del imperio. Por ejemplo, en Las Medulas, construyeron las instalaciones de canalización de agua de 300km hacia la mina.
En los siglos I y II a.C, se estima que del 40 al 70% de la plata provenía de las minas de Hispania, en especial la de Cartagena. En la época imperial, I siglo d.C, el 20-40% del oro de Roma venia del noroeste de la península ibérica, en especial del Bierzo. Según Domergue (1990) y citado por Juan Jose Ferrer Maestro, durante la Republica y el principado romano, existieron en Hispania mas de 500 minas (oro, plata, cobre y mercurio) en producción documentadas por la arqueología.
El Templo de Saturno no operaba de forma aislada. Estaba integrado en un auténtico “distrito financiero” en la colina capitolina: junto al Tabularium (archivo estatal) y a la ceca romana, establecida a partir del 273 a. C. en el Arx, cerca del templo de Juno Moneta (de donde deriva el término “moneda”). Todo el sistema —tesoro, archivo y acuñación— se encontraba bajo control estatal. Se cree que estos talleres se situaban en el área de la actual basílica de Santa María in Aracoeli, en lo alto del Capitolio.

Reconstrucción del distrito financiero en Roma. A la izquierda, el Templo de Saturno.
Tras la construcción del Tabularium en el año 78 A.C, el edificio vecino en lo alto de la colina capitolina, se trasladaron allí todos los archivos del Templo. Las leyes y decretos del senado no se consideraban validas hasta que no se depositaban y registraban el Tabularium. Los “códices” se realizaban en tablillas de madera numeradas a las que se les añadia un asa de madera. Cualquier copia debía ser certificada por el sello de 7 testigos.
El tesoro en Roma era gestionado por dos altos funcionarios nombrados por el Senado. Los quaestors (cuestores) tenían que registrar por parejas todas las entradas y salidas del templo, además de responsabilizarse de las llaves del Tesoro. Al finalizar su mandato anual, debían rendir cuentas al senado y en caso de no ser claras, podían perder su fortuna personal y ver truncada su carrera política. Estos cuestores, que eran elegidos en comicios, realizaban los pagos que ordenaba el Senado y además llevaban las cuentas (tabulae).
Luego existían los funcionarios permanentes o scribae (escribas), que eran libertos o plebeyos, los burócratas profesionales con cargo permanente que llevaban el día a día del Tesoro. El Senado instruía, los cuestores ordenaban y los scribae ejecutaban y anotaban todos los ingresos y pagos y conocían los saldos.
El registro y la contabilidad se realizaba en tablitas de cera y rollos de papiros, con una especie de sistema de doble entrada primitivo. Se realizaban inventarios físicos pesando las reservas de oro y plata como auditoria periódica.
Se estima que existían unos 10 a 20 escribas por cada cuestor, en total no mas de cincuenta personas debían trabajar en el templo de Saturno.
Se guardaban especialmente lingotes, ya que las monedas podían ser devaluadas. De hecho, el envilecimiento en Roma empezó a partir del siglo I, acelerandose a partir del siglo III.
Los templos en Roma como el de Saturno no solo aportaban una seguridad o protección física, lo era también espiritual. Robar en un templo era un sacrilegium, un crimen castigado con la muerte.
Hasta el 78 a.C, que se construyó el Tabularium, Además del dinero, los cuestores también se encargaban de ciertos registros importantes para la nación. Bajo su custodia estaban las cuentas publicas presentadas por los gobernadores de provincias cuando abandonaban su cargo. También las sentencias de muerte, los nombres de los embajadores de tierras extranjeras y el registro general de nacimientos y defunciones.
En la República tardía, las provincias debían remitir fondos al Aerarium únicamente cuando, tras cubrir la asignación del gobernador, se generaba un superávit. Todas las cuentas se conciliaban con el Tesoro, que actuaba como una auténtica cámara de compensación: probablemente lo más cercano a un banco central en el mundo antiguo.
La creación del “Aerarium Sanctius” o Tesoro Sagrado y, de un sistema de pensiones público
Cuando los galos derrotaron al ejército romano y entraron en Roma en el 390 a. C., la ciudad se vio obligada a pagar un rescate en oro. Aquella humillación llevó a los magistrados a crear un fondo de reserva para situaciones extremas. Se financiaba con un impuesto del 5% aplicado al pago que recibían los ciudadanos por liberar a sus esclavos. Este fondo, denominado Aerarium Sanctius o Tesoro Sagrado, también se custodiaba en el Templo de Saturno, aunque separado del tesoro general, y estaba compuesto exclusivamente por lingotes de oro que se fueron acumulando con el tiempo.
Augusto, tras la etapa de Julio César, introdujo en el año 6 d. C. lo que probablemente fue el primer sistema público de pensiones de la historia: el aerarium militare. Se trataba de un tesoro militar destinado a financiar las pensiones de los soldados retirados o incapacitados. El propio emperador lo dotó de manera significativa (según el *Monumentum Ancyranum*) y se sostenía mediante un impuesto del 5% sobre las subastas públicas y del 1% sobre las herencias no directas. El sistema perduró durante siglos y, según Augusto, permitió retirar a unos 300.000 veteranos. En el siglo I, un legionario podía recibir, al licenciarse, el equivalente a unos doce años de salario.
Antes de esta reforma, los veteranos eran compensados habitualmente con tierras, pero estas concesiones dependían del Senado y generaban frecuentes tensiones políticas. De hecho, ciudades como Emérita Augusta, Itálica o Barcino nacieron como asentamientos de soldados licenciados. Con el aerarium militare, Augusto buscaba reducir la dependencia de los ejércitos respecto a la riqueza personal de generales y senadores, una dinámica que había alimentado conflictos internos y guerras civiles.
La gestión de este nuevo fondo quedó en manos de tres *praefecti aerarii militaris*, inicialmente elegidos por sorteo y posteriormente designados directamente por el emperador entre senadores de rango pretoriano, con mandatos de tres años.
Reconstrucción del Templo de Saturno.
Cómo Aníbal agotó las reservas del tesoro romano: “No hay fondos”.
Aníbal, admirador de Alejandro Magno, protagonizó una de las maniobras más audaces de la historia militar: cruzó Hispania de sur a norte con su ejército —incluidos los elefantes— y, en pleno invierno, atravesó los Alpes para irrumpir en Italia desde la Galia, donde los romanos no lo esperaban. El último elefante se murió en las llanuras del norte de Italia.
Durante quince años recorrió la península itálica de norte a sur sin sufrir una derrota decisiva. El punto álgido fue la batalla de Cannas (216 a. C.), donde aniquiló al mayor ejército que Roma había reunido hasta entonces. Según las fuentes, murieron unos 50.000 soldados, entre ellos un cónsul, dos excónsules, cerca de un tercio del Senado (unos 80 senadores), 29 tribunos militares y alrededor de 2.000 jinetes de la élite ecuestre. La magnitud del desastre fue tal que, según la tradición, el hermano de Aníbal llevó a Cartago cientos —o miles— de anillos de oro pertenecientes a la aristocracia romana caída en combate.
El impacto financiero fue inmediato. Roma entró en una situación cercana a la quiebra: el Aerarium apenas tenía liquidez y el sistema político quedó tensionado al límite. Tito Livio recoge respuestas del propio Tesoro que reflejan ese colapso. Ante una petición de recursos desde Sicilia: “Non esse unde mittetur” (“No hay fondos de donde enviar”). Y respecto a las campañas en Hispania: “En cuanto a la soldada, si el tesoro estuviera exhausto, se encontraría el modo de obtenerla de los hispanos”.
Roma estuvo a punto del colapso y un joven militar cambió el rumbo de la historia. En una medida desesperada, y ante la parálisis del senado, nombraron por aclamación popular a un chico de apenas 24 años, Publio Cornelio Escipión. Al no tener la edad mínima ni experiencia, ni cargos anteriores, no podía comandar un ejercito, por lo que se le designó Privatus cum imperio, o ciudadano privado con poder de mando militar. Escipión decidió atacar a los cartagineses en Hispania, mientras Aníbal continuaba en la península itálica.
Escipión partió de Ostia, desembarcó en Ampurias y estableció su base en Tarraco, donde pasó el invierno tejiendo alianzas locales. Reunió un ejército de unos 28.000 hombres y 3.000 jinetes, y lanzó una ofensiva relámpago hacia Cartago Nova (actual Cartagena), coordinada con una flota de 35 quinquerremes. En apenas siete días de marcha se plantó ante las murallas de la ciudad. Aprovechando la información proporcionada por pescadores locales y el descenso de las mareas, lanzó un asalto sorpresa y logró irrumpir en la plaza.
Cartago Nova era el principal centro logístico cartaginés en Occidente: almacenaba suministros, armas y, sobre todo, su Tesoro (*chremata*). Pero el verdadero golpe fue el control de la cuenca minera de Cartagena–La Unión, la mayor fuente de plata del Mediterráneo occidental. Además, Escipión liberó a los rehenes —familiares de jefes íberos y celtíberos— que Cartago retenía para garantizar su lealtad, debilitando así su red de alianzas.
Tras la conquista, Escipión repartió parte del botín entre sus tropas y envió el resto —especialmente la plata— a Tarraco bajo custodia de los cuestores.
La cuenca minera de Cartagena-La Unión, fue el autentico potosí de la republica romana. Según relató Polibio en el 147 a.C., esta mina tenia a unos 40.000 trabajadores y una superficie de explotación de unos 400 estadios (unos 75km), que reportaban al erario romano (“Aerarium”) unos 25.000 dracmas diarios. Su producción no se agotó hasta el siglo I a II d.C., es decir de tres a cuatro siglos de vida
Tras Cartago Nova (209 a. C.), Escipión consolidó su dominio con las victorias de Baetulo (208 a. C.) e Ilipa (206 a. C.). Roma pasó a controlar las principales regiones mineras de Hispania: Cartagena y Cástulo (en la actual Linares), de donde, según las fuentes, Aníbal obtenía hasta 100 kg diarios de plata. A ello se sumaban Riotinto (plata y cobre) y Almadén (mercurio, esencial para el refinado), uno de los yacimientos más longevos de la historia.
El efecto sobre las finanzas romanas fue inmediato. Según Tito Livio, tras su campaña Escipión envió al Aerarium 14.342 libras de plata, además de grandes cantidades de moneda acuñada. Y, entre el 206 y el 168 a. C., el Tesoro recibió 6.316 libras de oro, 364.694 de plata y más de 1,2 millones de denarios, entre impuestos, botines de guerra y recursos mineros.
El historiador Jose Maria Blazquez en 1970, basándose en los escritos de Tito Livio resumió lo siguiente “En tan solo 38 años, 120 toneladas de plata entro en el Tesoro, consolidando el Templo de Saturno como el centro financiero del Mediterráneo y, permitiendo a Roma financiar su expansión militar permanente.”
Sistema monetario romano
El oro —y, sobre todo, la plata— fueron la base del sistema monetario romano. El oro se utilizaba principalmente como reserva de valor y para grandes pagos —los áureos— destinados a las élites y a los altos mandos militares. La plata, en forma de denarios, constituía el núcleo del sistema y la principal unidad de cuenta. Por último, el bronce —en sestercios y ases— sostenía las transacciones cotidianas de la economía.
Los púnicos o cartagineses, herederos de los fenicios, compartían rasgos característicos de los grandes imperios: dominio del comercio gracias a su supremacía naval y tecnológica —con el puerto de Cartago como eje— y una agricultura altamente desarrollada. A ello se sumaba un elemento clave: la emisión de moneda de alta pureza, que les otorgaba credibilidad tanto ante comerciantes como ante los mercenarios que contrataban, dado que su ejército propio era limitado. Hasta la conquista de Hispania, las finanzas cartaginesas superaban con claridad a las romanas: disponían de mayores reservas de plata, cobre e incluso oro.
Puerto de Cartago.
En el 58 a. C., Roma se anexionó Chipre por decreto, aprovechando la debilidad del Egipto ptolemaico. Con ello se hizo con el tesoro de su rey —unas 7.000 libras de plata— y con sus minas de cobre, que producían entre 2.000 y 3.000 toneladas anuales. Este metal era esencial tanto para las infraestructuras acuíferas, como para el armamento (armaduras y espadas), así como para la acuñación de sestercios, la moneda de uso cotidiano.
Las victorias de Roma sobre Cartago en la Segunda Guerra Púnica (201 a. C.) y sobre el mundo griego —culminadas con la destrucción de Corinto en 146 a. C.— consolidaron su dominio sobre el Mediterráneo durante siglos.
La conquista de Hispania, que requirió más de dos siglos y culminó con Augusto tras las guerras sangrientas contra astures y cántabros, fue decisiva desde el punto de vista financiero. El control de las minas —especialmente Las Médulas, tomadas en el 19 a. C. y explotadas a gran escala desde el 15 a. C.— permitió a Roma acceder a enormes recursos de oro, gracias a la aplicación de técnicas como la ruina montium.
Augusto y la reforma del sistema monetario
Entre el 23 y el 15 a. C., Augusto reorganizó el sistema monetario, introduciendo un modelo bimetálico que puso fin al desorden previo. Estableció una relación fija: un áureo equivalía a 25 denarios de plata, 100 sestercios de oricalco (aleación de cobre y zinc) o 400 ases de cobre. Además, fijó con precisión el peso y la pureza de las monedas. El áureo contenía aproximadamente 7,8 gramos de oro casi puro (1/42 de libra romana).
Durante casi dos siglos, esta moneda mantuvo su elevada pureza, en paralelo a la intensa producción aurífera de Las Médulas. Sin embargo, hacia finales del siglo II d. C., la producción comenzó a declinar de forma acusada: el sistema de ruina montium exigía enormes volúmenes de agua y mano de obra, y terminó por agotarse.
Según Plinio el Viejo, que administró estas explotaciones, se extraían unas 20.000 libras de oro al año (alrededor de 6.500 kg), con una fuerza laboral de entre 10.000 y 20.000 trabajadores. En conjunto, se estima que Roma pudo extraer cerca de 1.000 toneladas de oro en dos siglos. Quien quiera profundizar más, le recomiendo este excelente podcast “La Hispania del oro“.
La abundancia de metales preciosos permitió a Augusto y a sus sucesores sostener un sistema monetario sólido basado en oro, plata y bronce. Sin embargo, el equilibrio no fue permanente. Nerón inició el proceso de envilecimiento de la moneda, reduciendo el peso y la pureza del denario. Más tarde, Caracalla profundizó en esta tendencia, rebajando significativamente su contenido en plata (50% de envilecimiento). Hacia el año 268 d. C., el denario era prácticamente de cobre con un ligero baño de plata (2–6%), lo que contribuyó a una fuerte inflación y a la caída del Imperio romano de Occidente.
El saqueo de Julio César. “Cruzar el Rubicón financiero”
El episodio más célebre relacionado con el Templo de Saturno tuvo lugar en uno de los momentos decisivos de la historia de Roma, cuando Julio César puso fin a la República romana, que ya mostraba claros signos de agotamiento. Durante el siglo I a. C. se sucedieron continuas guerras civiles, mientras la corrupción y la ineficiencia del Senado se intensificaban. La violencia política era habitual, con senadores como “señores de la guerra” que llegaron a organizar ejércitos privados para resolver disputas, sustituyendo en la práctica al ejército estatal.
En este contexto de fractura institucional, Julio César impuso una dictadura personal, que sentaría las bases de un poder hereditario. En su testamento, designó como heredero a su sobrino nieto Octavio, el futuro emperador Augusto. Más tarde, Augusto —que evitó el título de emperador y prefirió el de príncipe— consolidó el nuevo régimen e inició una sucesión dinástica al nombrar a Tiberio, de su misma estirpe, dando forma al Imperio Romano y rompiendo definitivamente con el modelo republicano.
En el momento clave de la guerra civil, Julio César cruzó el río Rubicón el 10 de enero del 49 a. C. con su ejército, pronunciando la célebre frase “Alea iacta est” (“la suerte está echada”). Al atravesar esta frontera natural con tropas armadas, violó la ley romana que prohibía a los generales entrar en Italia con su ejército. Ante este hecho, Pompeyo y gran parte del Senado huyeron de Roma, mientras César tomaba el control de la ciudad y del Templo de Saturno.
Según Plutarco, al no disponer de las llaves del Templo de Saturno, sus hombres rompieron las puertas para acceder al tesoro. Este hecho supuso no solo un shock financiero, sino también un golpe simbólico y político para la República romana.
Según Plinio el Viejo, el inventario del botín incluiría unas 15.000 libras de oro y 30.000 de plata en lingotes, además de unos 30 millones de sestercios en distintas monedas. También se habría incautado el Aerarium Sanctius, el fondo de reserva destinado a situaciones de emergencia extrema.
Julio César introdujo además una innovación financiera de gran alcance al mantener una ceca itinerante junto a sus legiones. Los lingotes de oro y plata eran transportados en carros protegidos por la Legio X Equestris, su unidad favorita. Tras ellos viajaban artesanos y acuñadores, de modo que, cuando era necesario pagar a los soldados o adquirir suministros en Hispania o Grecia, se fundían y acuñaban denarios y áureos directamente en el campamento militar.
Durante la campaña de Ilerda (Lleida), se cree que César llegó a movilizar el tesoro de Roma. Además, designó ciertas ciudades de confianza como sedes secundarias del tesoro, entre ellas Massilia (Marsella) o Gades (Cádiz), esta última clave para la financiación de la flota en el Mediterráneo. En Cádiz, el tesoro se habría custodiado en el Templo de Hércules Gaditano (el Herakleion), bajo protección sacerdotal, en la zona de lo que hoy es Sancti Petri. Su carácter insular facilitaba la defensa.
César mantuvo una relación especial con Cádiz, donde había ejercido como cuestor en su juventud. Se cuenta que lloró ante la estatua de Alejandro Magno. Posteriormente, otorgó la ciudadanía romana (civitas) a los habitantes de Gades, elevándola al rango de ciudad privilegiada dentro del mundo romano.
La liberación del tesoro romano por parte de Julio César supuso una inyección masiva de liquidez en la economía romana, especialmente entre los soldados, lo que habría contribuido a un aumento de precios y a una depreciación del 25% de oro en relación a la plata. Hasta entonces, el oro rara vez se utilizaba en transacciones cotidianas.
La guerra civil complicó además la logística de la Annona, el suministro de trigo procedente del norte de África y Egipto, controlado en parte por la flota de Pompeyo, rival de César. Aunque muchos soldados disponían de monedas de oro y plata, la escasez de trigo generó fuertes tensiones de precios, dificultando el acceso de la población al alimento básico. La incertidumbre de la guerra civil llevó además a muchos ciudadanos con recursos a acumular efectivo en sus hogares, agravando la contracción económica.
En este contexto, Julio César actuó de facto como un banquero central, impulsando una legislación crediticia que obligaba a los prestamistas a aceptar la devolución de préstamos mediante la adjudicación de bienes inmuebles valorados a precios previos a la crisis. Asimismo, limitó la cantidad de efectivo que los ciudadanos podían mantener en casa, fijando un máximo de 60.000 sestercios, con el objetivo de favorecer la circulación de la liquidez en la economía.
Con la transición de la República al Imperio, el Aerarium —controlado por el Senado— fue perdiendo peso. Los emperadores concentraron el poder financiero en el *fiscus*, un tesoro bajo su control directo que utilizaban con amplia discrecionalidad para administrar el Estado. Este cambio marcó de forma clara el paso de un sistema republicano, con control de los senadores, a una estructura imperial más centralizada. El Aerarium, aunque no desapareció, dejó de desempeñar su papel central, especialmente como depósito principal de oro y plata.
En los próximos capítulos, hablaremos de “los banqueros en Roma”.









Leave a Reply